domingo 16 de enero de 2011

Ausencias y los papeles perdidos de Karina



Los comentarios de dos presentadores de un poemario primerizo, que contra todo pronóstico, vio la luz hace siete meses. Libretita rosa de papeles amarillos, devuélveme mi tercera crítica.



Tres mujeres contra un hombre. Todos en una mesa. Así nos vimos Karina, Maria Luisa, Sandro, y yo. Pero en realidad fuimos, aquella noche del 8 de junio del 2010, un hombre y tres mujeres: cuatro locos de desatar que se conocieron en menos de un mes y se congregaron gracias a la seducción de la poesía.

Lo que sigue, es la transcripción de los apuntes sobre Ausencias. Menos uno, el de la joven Karina, quien románticamente escribe y dibuja sobre papel (como se debe), y aún no traspasa su comentario...

Flechas de palabras que dieron en mi mejor blanco. Gracias.



¿Para qué sirven las palabras?
El ideal sería llegar a un punto en que la comunicación con nosotros mismos sea tan limpia y tan clara, que entonces ya no haría falta ponerla en palabras. Mientras tanto, felizmente que existen. Porque a veces son ellas las que nos conducen, nos aclaran y nos ayudan a aceptar las cosas como son, la vida como es y nuestra propia experiencia, sin juzgarnos.
Aceptando, sin embargo, que estamos buscando una verdad y que en esa búsqueda nos perderemos y nos enajenaremos muchas veces.

Escribir poesía es permitirnos sentir. Compartirla es permitir que otros vean y sepan qué sentimos y cómo lo sentimos. Por eso nunca me han gustado los escritores que intentan impresionar con palabras muy inteligentes o rebuscadas.

No me enamora la literatura que pretende, pero me encanta la que se vale de palabras simples y llanas para recrear algo mucho más profundo y más importante, que es la valentía de ser honestos con nosotros mismos.
De mirar adentro.

Maria Luisa del Río
Periodista y narradora.


S/T
La poesía de Ana, eleva los sentimientos terminales, de ensoñación, a partir de la pérdida. El título de Ausencias está inscrito en cada poema, pero no el de una ausencia temerosa sino envalentonada, que acude a los cielos –a veces con barroquismo astral-, para indagar un lugar, a partir de cuestionamientos, más firmes que la Tierra.

Esta oda al vacío también está aplicada al objeto diario, el instrumento de pulso confesional sobre el que ha escogido describir de desarraigo y supervivencia, de desencuentro y oportunidad. Como no es azar tampoco que termine con el poema llamado El encuentro, que cierre con un comienzo que le provee, al término de toda palabra, la fotografía. Ana busca que la imagen sea su palabra infinita y la cámara su compañera para cumplirlo.

En sus fotos queda patentada esta invocación al paisaje, los cielos y la naturaleza desperdigada que aloja su poemario. Desde mi experiencia como autor, puedo participar intuitivamente de esta declaración: el equilibrio de las ausencias, allá donde la palabra no alcanza, la imagen lo comete. Y viceversa.

Ya muchos años atrás estas intenciones multidisciplinarias están graficadas en las obras de los fotógrafos Walker Evans (EE.UU), y Robert Frank (Suiza), por citar solo dos ejemplos. En el caso del primero, basado en sus estudios ininterrumpidos de literatura en La Sorbona; fue articulista y viajó también como escritor para desarrollo de series complementarias en las que una expresión respondía a la otra.

En el caso de Frank, este incorporaba textos, frases empuñadas sobre la imagen que la liberaban de lo objetivo, imprimiendo como una pieza eterna lo fotográfico con lo literario: el mundo de afuera llevado a la poesía.

En la lectura de Ausencias, he oído una voz que arremete a decisiones sin salida, como a donde nos lleva el siguiente naufragio del día 20: somos a penas pequeños sobrevivientes que naufragan en la palma de su propia mano. Y este poemario también nos invita al suicidio, en su semejanza al homicidio simbólico que regenera el ser y lo redime de una condena mayor: conocer tu desnudes, amar lo que no sabes que eres. Tengo deseos de la noche que se pasea acalorada con ganas de suicidio.

Ana Vera toma cinco años para dejarnos partículas de materia orgánica que se transforman en pasión, delirio, renuncia, clamor, insertando además, entre los signos de interrogación y paréntesis, el yo más profundo de la autora que se transpone, por su uso de un giro, más vulnerable frente al lector.

De lo que estoy seguro es que este libro se hizo para no escaparse ni resignarse, para no correrle al olvido y tomar todas las fuerzas del combate. Para decirnos que la infructuosa debilidad es solo un mito hecho de caracteres vulgarmente dominantes: la verdadera debilidad es la que saca lo mejor de ti.


Sandro Aguilar. Como artista, transita entre la fotografía y la literatura.

Pd: Karina Válcarcel (la ausente). Poeta y promotora cultural.

2 comentarios:

Café Sideral dijo...

No estaré ausente cuando vengas a Trujillo.

Karina Bocanegra

COTIDIANA. LIMA, 1981. dijo...

Ni yo. Nos veremos en Trujillo.