El inesperado paso del llanto a la risa no es un paso de locos. A algunos les sucede más a menudo; a otros, con tiempos tan espaciados, que cuando vuelven a reírse con ganas, parecen seres de otro planeta
Se comparte la carcajada ya sea con uno mismo, el mejor amigo, un familiar o algún extraño. En cualquier lugar y momento, incluso, los menos esperados. Me alegra escribir un post después de tiempo, digamos, terminarlo y subirlo; y qué cague de risa que sea justo este.
Después de coincidir en varios aspectos símiles de nuestras atolondradas existencias, Rosa y yo revivimos la experiencia de verse en el otro, con el rostro colorado, la temperatura subida –sin tener fiebre-, y esos ojos vidriosos…de tanto reír, que nos hizo sacudirnos de los malestares y problemas cojonudos que últimamente habíamos charlado tan seria, preocupada y hasta perturbadoramente.
Las conversas con ella suelen ser parsimoniosas, finas, mesuradas, pese (a veces) al alto voltaje de su contenido. Rosita siempre guarda cordura. El ajo y cebolla si salen de su boca nunca apestan. Hay que subir un poco más el volumen amiga, y de seguro bajar el mío, porque mientras me hablas casi al oído, yo siempre interrumpo como atentado de mala costumbre.
Pero la verdad es que no me reía de esta manera hace ¡ufff!…Dos egg fritos. Disculpen la malcriadez de mis palabras, pero la visita de una de mis mejores amigas nos devolvió -a ambas- ese momento de extrema alegría contagiosa.
Ya tocaba reír juntas, ¿nos la debíamos, no? Gracias a Dios en las alturas que en esta tierra se sigan multiplicando los segundos en donde llegamos a abrazarnos, hasta llorar, gota a gota, pero de risa. Nuestra conversación, que más parecía una sesión de psicoterapia intercalada y gratuita, por fin estalló.
La risotada reventó cuando lanzó la pregunta: ¿Y ahora qué hacemos? Que más parecía el SOS del Chapulín Colorado. Y de remate, "amiga, para que veas que sí soy valiente,¡acabo de espantar una arañita que caminaba por tu cabello!", jajajajajajajjajajajajajajjajaja. Así terminamos, tremendas zanahorias paliduchas, convertidas en salsa de tomate. Qué rico que era reírse a carcajadas de uno y de su interlocutor.
La otra visita al vuelo
Verónica me esperaba abajo para entregarme el parte de su matrimonio. Ando resfriada y, como ves, en pantuflas, le dije. Su respuesta fue una amplia risa de morena alegre, como siempre.
Con Vero compartimos aula hasta llegada la secundaria y, justo ahora que escribo, recuerdo que con ella las carcajadas en coro eran usuales en nuestro salón de clase. La risita colectiva por más estúpida que parezca, jamás lo será si se trata de una colegiala, que para salir de aprietos, lo primero que se le viene a la mente (mejor dicho, a la boca), es reírse provocando eco.
Ayer fue un día particularmente especial: Lloré por completo, vi Patach Adams a medias; hoy, Rosa vino a casa después de varios meses, se quedó algunas horas, compartimos la mesa, la azotea y un poco más de nuestras vidas. Lo realmente inolvidable fue que, resumiendo el ayer, caímos de casualidad, en la tan benevolente terapia de la risa.
Cuándo fue la última vez que rieron, me pregunto.
En memoria de mi abuelita celestial R.A.L. por su cumpleaños 92
Carácter, carisma y tu bella sonrisa.
sábado 2 de mayo de 2009
miércoles 11 de marzo de 2009
¿Qué es la normalidad?

Para ti, para mí, para los demás, para todos y ninguno... ¿Qué es?
Es el claxon histérico, el martillo clavando siempre algo en la pared de casa, la basura arrimada en la esquina del jardín, la llegada intempestiva de un extraño; una madre partiendo todos los días. Un hogar tercermundista por la pobreza de criterio y sentimientos.
Es un gobierno dictador que nunca brilla, con o sin estrella; el trabajo desesperado, un jefe sin piso, pero con un techo al tope de cemento duro y seco. Un país-lego donde las piezas juegan a las escondidas. La vocación que sigue siendo feto.
Es el caminar pisándose los dos talones al mismo tiempo, el no mirar a nadie, el caerte y que se rían, tú también; la ambulancia que te lleva a la muerte, el borrar tanto una hoja hasta dejarla cadáver, es un año no contado. El despojo de la última esperanza.
El devorar más libros que hombres, probar una gelatina de granadilla, el comer sano y no; querer tanto el presente que no se lo cuentas a nadie para llegar al final del día. El quedarse sin hambre de nada.
Es aprender a sacar cuentas, reconocer los números, adivinar las voces por teléfono, almorzar con extraños, no dejar propina, recortar el chanchito de plástico, invitarle un helado de vainilla al amor; vivir casi sola. Casi enamorarte.
Es vaciar impulsivamente tu bandeja de entrada, desaparecer y revivir un blog, las noticias que rebotan al pie de una cama bien tendida, el conectarse por las noches a un sueño, el olvido de las fechas y recuerdos. El que te cobren la vida cada mes. Deber hasta diez céntimos.
Encontrar tus sábanas mojadas del llanto de ayer, recostarte sobre los orines de tu perro, contestar con monosílabos que saben a bilis; rayar un cuaderno nuevo con tinta indeleble. Perder el lapicero azul. Ni siquiera perder el tiempo.
Es viajar, enfermarte y sanarte para empezar desde el comienzo, beber unas cervezas heladas, abrazar a un amigo, añorar lo que daña. Tomar un vaso medio lleno y estrellarlo sin salpicar su contenido.
Es levantarse entre gritos con el sol que atraviesa la tierra y tu ventana, o con el saludo tibio de un perrito; visitar a un muerto, que te toque la puerta el aire. No marcar tarjeta pero firmar cada día con una rúbrica diferente. Es llegar tarde al encuentro con Dios y con el destino.
¿Es lo normal lo común, el ejemplo, lo aceptado, lo querido?
- Ojalá tengo yo un día normal.
viernes 13 de febrero de 2009
Amor de cuatro patas

Si de animales (caseros) se trata, los hombres se parecen más a los gatos que a los perros. Sin embargo sigo sin entender porqué a la especie masculina se les llama despectivamente ´¡perros!´, cuando estas mascotas poseen la capacidad más grande de todo ser con corazón de sangre: amar con fidelidad
Casualidad o no, pero este viernes 13, estigmatizado "día del terror", es la antesala de mañana, sábado 14, (hoy), edulcorado “día del amor”. No pretendo escribir un post sobre ninguna de las vertientes del amor o del desamor: que si la pareja, los esposos, los amantes que también aman, la amistad, el amor espiritual o mental. Pero sí me detendré en lo que a mi parecer simboliza el más desinteresado de los amores, el de los perros de pelo y pulga, el resto, es pura coincidencia.
En los días que se celebran ‘días estelares’, por ejemplo, abundan los regalos floridos, perfumados, comestibles; pero aunque parezca tarea fácil no todos aciertan al elegir a un cachorro como obsequio de cualquier sonsera feliz. Los culpables no son los afanosos detallistas, ni nadie en realidad. Todo es cuestión de química, es decir, de olfato.
En los días que se celebran ‘días estelares’, por ejemplo, abundan los regalos floridos, perfumados, comestibles; pero aunque parezca tarea fácil no todos aciertan al elegir a un cachorro como obsequio de cualquier sonsera feliz. Los culpables no son los afanosos detallistas, ni nadie en realidad. Todo es cuestión de química, es decir, de olfato.
Él te elige a ti y no al revés
No me refiero a un hombre-perro, sino a un verdadero súper can. Con el paso de los días te darás cuenta que el regalo es sin devolución. Que como cualquier hijo que traes al mundo, la cigüeña te lo deja en tu casa o en el patio, según las circunstancias. El único problema es la ausencia de vocación materna. Pero como los obsequios siempre son bienvenidos, más aun en un día tan 'rosado' y 'hot' como el de San Valentín, toca aprender a conocerse, respetarse y disfrutarse mutuamente. Hasta que ni la muerte nos separe. ¿Mejor que cualquier otra unión, no creen?
Balín me habla. Ladra de vez en cuando. Una vez más, Balín prefiere el idioma del gorgojeo y el de las miradas tipo gato con botas. Siendo un perro ya de nueve años, esta extensión de mí, todavía sabe enamorarme con sus ojos vivarachos. Él es el único autorizado a tocar mi puerta todas las veces que quiera: La madera de mi cuarto y la forma de mi corazón nunca quedarán con huellas.
Según mis cálculos al ojo, mi pequeño ‘chato’, como también se le conoce (y obedece), es una mezcla de poodle con chitzu. Y a estas alturas pensarán que me inspiro en la reciente película Marley y yo…, y algo de cierto hay.
En febrero, mes en que me quedo normalmente sola en casa, prendo más seguido la tele gracias a la atracción fatal de unos ‘piratas’(DVD’s). Y en mi desfachatada filmoteca casera abundan irónicamente el género de terror y comedia. ¡¿Horroooorrr?!, ni tanto, pues mis hermanas me enseñaron que es mejor reír y gritar para ahuyentar los momentos taciturnos de estupidez.
A Balín lo rescataron mis padres en una reventa de mala muerte en una de sus visitas al Mercado Central. Iban con Romina, la menor de las ‘veritas’, para entonces de seis años. Ese fue el ‘día’ de Balín, que desde entonces se convirtió en el mejor regalo de uso multifamiliar.
Este genio y figurita de cuatro patas reconoce el pote del helado, sabe pedir cada una de sus frutas preferidas: naranja, plátano, sandía y granadilla. Entre otras tantas peripecias y particularidades; ignoro si los perros ven a blanco y negro, como en las películas antiguas, pero lo cierto es que mi peluchito duracel le pone color a cada rincón de la casa y de nuestra existencia.
No me refiero a un hombre-perro, sino a un verdadero súper can. Con el paso de los días te darás cuenta que el regalo es sin devolución. Que como cualquier hijo que traes al mundo, la cigüeña te lo deja en tu casa o en el patio, según las circunstancias. El único problema es la ausencia de vocación materna. Pero como los obsequios siempre son bienvenidos, más aun en un día tan 'rosado' y 'hot' como el de San Valentín, toca aprender a conocerse, respetarse y disfrutarse mutuamente. Hasta que ni la muerte nos separe. ¿Mejor que cualquier otra unión, no creen?
Balín me habla. Ladra de vez en cuando. Una vez más, Balín prefiere el idioma del gorgojeo y el de las miradas tipo gato con botas. Siendo un perro ya de nueve años, esta extensión de mí, todavía sabe enamorarme con sus ojos vivarachos. Él es el único autorizado a tocar mi puerta todas las veces que quiera: La madera de mi cuarto y la forma de mi corazón nunca quedarán con huellas.
Según mis cálculos al ojo, mi pequeño ‘chato’, como también se le conoce (y obedece), es una mezcla de poodle con chitzu. Y a estas alturas pensarán que me inspiro en la reciente película Marley y yo…, y algo de cierto hay.
En febrero, mes en que me quedo normalmente sola en casa, prendo más seguido la tele gracias a la atracción fatal de unos ‘piratas’(DVD’s). Y en mi desfachatada filmoteca casera abundan irónicamente el género de terror y comedia. ¡¿Horroooorrr?!, ni tanto, pues mis hermanas me enseñaron que es mejor reír y gritar para ahuyentar los momentos taciturnos de estupidez.
A Balín lo rescataron mis padres en una reventa de mala muerte en una de sus visitas al Mercado Central. Iban con Romina, la menor de las ‘veritas’, para entonces de seis años. Ese fue el ‘día’ de Balín, que desde entonces se convirtió en el mejor regalo de uso multifamiliar.
Este genio y figurita de cuatro patas reconoce el pote del helado, sabe pedir cada una de sus frutas preferidas: naranja, plátano, sandía y granadilla. Entre otras tantas peripecias y particularidades; ignoro si los perros ven a blanco y negro, como en las películas antiguas, pero lo cierto es que mi peluchito duracel le pone color a cada rincón de la casa y de nuestra existencia.
12 y 35 am. Día del día 14
Balincito duerme y ronca al pie de mi cama después de otro día de correteadas y conversaciones secretas. Pero esta noche es especial. Compartiré mis olvidos con los sueños de él y el latir de un tercer corazón en mi habitación: Una almohada colorada en forma de este órgano vital.
Buenas noches, San Valentín.
¡Y feliz día del amor en todas sus benditas vertientes!
Balincito duerme y ronca al pie de mi cama después de otro día de correteadas y conversaciones secretas. Pero esta noche es especial. Compartiré mis olvidos con los sueños de él y el latir de un tercer corazón en mi habitación: Una almohada colorada en forma de este órgano vital.
Buenas noches, San Valentín.
¡Y feliz día del amor en todas sus benditas vertientes!
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jueves 18 de diciembre de 2008
Para: John C. N.

En vísperas de Navidad, un regalo sin Papá Noel, y una cartita que, como avioncito de papel, se desvió de su destino
¡Hola, John!
Te escribe Ana, una completa desconocida, que sin llegar a conocerte, ya está en falta contigo. En las actividades que organiza la universidad donde trabajo me tocó ser tu “madrina” y resulta que me encantaría ser tu “hada” también. Pero justo por motivos de la infaltable “magia”, que siempre nos rodea, hoy no puedo estar presente en este encuentro donde los sueños se pueden acercar a la realidad.
En estas fiestas te dejo un presente, pero sobre todo, te regalo un secreto: ¡Todo es posible!, solo que a veces los adultos dejamos de vivir la esencia de los 12 años, de la niñez. En el camino hacia una vida de ‘grandes’ dejamos atrás lo fantástico, la aventura, las sonrisas por doquier.
John, aunque papá y mamá partan antes de tiempo a algún lugar desconocido, nunca dejaremos de ser sus hijos amados; y pese a no tener una raqueta de tenis o de ping-pong, contarás siempre con alguien que te ama, un mejor amigo. En Navidad has deseado una pelota nueva; yo, un nuevo pasaje a todas partes. Pero tu sueño es el reencuentro con tus padres; el mío, volar con mis propias alas, y no con las de un avión.
A los 12 años me daba vueltas a la manzana para luego reposar con mis amigas, en una banca, para nosotras, monumental. Pero John, el sol no solo sale en vacaciones. ¿Dónde quedaron las manos de tierra y las rodillas marcadas por tanta diversión? ¿Me las muestras?
Te digo algo más, sigue siendo un niño: travieso, tierno, estudioso, curioso, observador, rebelde con causa. Juega, cáete y luego ríe salpicando tu alegría. ¡¡¡vive feliz!!!, porque la felicidad es justo este momento, donde tú y yo, sin conocernos, nos unimos en una gran y sonora sonrisa.
¡Un abrazo a la cortita distancia de corazones!
Tu hada madrina,
Ana Vera.
sábado 13 de diciembre de 2008
El ejercicio de escribir…a mano

Esto fue escrito en una hoja cuadriculada, arrancada con furia, como se suele despojar al papel de los cuadernos. Un lapicero azul, mordido por mi perro, no dejó de lagrimear hasta cumplir su última tarea. Rememorando
Varios meses sin ‘compu’.- Me sirvió para confirmar que este es un hábito que nunca pasará de moda y que a falta de tecnología jamás dejará de ser necesitado. La feliz ausencia de una computadora en casa la disfruté durante unos seis meses, contando desde principios de año, y para que vean que siempre todo es posible, terminé esta nota con las manos manchadas, delatándome como si se tratara de un crimen. Felizmente la tinta era azul.
Volver a escribir a puño y letra, es decir, trabajar algo que sirva (o no) en vivo y en directo, me remontó a ese nerviosismo que evidencia una mano ro-bo-ti-za-da por la falta de costumbre, el olvido de la caligrafía echadita, del trazo circular y las infaltables tachaduras, que para mí, son fundamentales. Esto se trata de naturalidad.
Soy perfeccionista hasta el repudio y me rehúso a enmendar una plana. Así como acepto que soy una bloger inútil y/o floja, da igual; ¡¿un post escrito en papelito que no sea virtual?! Pero escribo orgullosa mi insigne letra kindergarden. Ya me veo en la obligación de escanear el original para ser verosímil y justa. Cuestión de seducción.
No solo por los ojos se ve el alma, fíjate en la letra y verás aún más. Cuando estaba en el colegio, incluso en la universidad, me topé con algunos cuadernos cuyas hojas parecían ser las últimas sobrevivientes del orden y el aburrimiento. Lo obvio: sus dueños eran esos odiosos ‘chancones’ que no prestaban sus escritos porque “tengo que estudiar”. La letra no miente.
¿Letra nueva?.- Las decenas de firmas que ensayé al empezar, según yo, una nueva etapa de mi vida y, en particular, en los estudios superiores con DNI en mano; o la peor anécdota de todas: un trazo circunspecto electrónico para tramitar mi primer pasaporte (hoy cenizas). Inútiles intentos para reinsertar mi caligrafía a la sociedad. Nuestra letra es la mejor huella digital indeleble. Me quedo con la taquigrafía.
Pero hay que ser bien frescos, como yo, para escribir en público. El ser la maestra de alguien no condiciona a poner cara de bolsa aplastada y disculparte por lo ilegible que puedas resultar. Lo importante de este trance es escribir y hablar a la vez, ¿ves? Lo escrito también suena a algo.
El “arte” de escribir a mano.- Arte por lo arcaico, romántico o huachafo que a estas alturas muy pocos conservan. Escribir a mano es empuñar la letra para no estropear una carta, es la notita pegada en la puerta de casa anunciando que te quedarás fuera por idiota; el plagio, la broma o el insulto que todos recibimos y también supimos escribir. Porque el ejercicio de escribir a mano, así sea solo tu nombre, es esa breve poesía que algún día será nombrada por otros.
Escrito (a mano) el 10/07/08. Hoy, de vuelta al Word.
lunes 2 de junio de 2008
Viajar en micro

Una protesta bienhumorada de lo que significa embarcarse en uno de los transportes urbanos más inseguros de Lima, el Callao y balnearios. ¿Habla, vas? Al fondo siempre hay sitio
‘Micro’ no es el diminutivo de microbús, ni a eso llega. Los micros son los ‘frankenstein’ de la chatarra nacional, el apúrate que te dejo, el corre que te chanco -el que una vez dentro-, te apachurra peor que amante desesperado, el que te planta cuando le da la gana. En definitiva, subirse a un micro capitalino o de provincia es uno de esos viajes indeseables, incómodos, peligrosos; pero anecdóticos y hasta entrañables.
El olor de un micro repleto por las mañanas es el aroma del Perú profundo bañado en agua florida. No es discriminación ni racismo, ¡qué va! ‘¡¡¡Es mi olfato!!! En un micro full, puedes ir flameante como bandera: con un pie dentro y el resto de tu humanidad afuera, hacerte el ‘criollo’ pasándote como el doble del cobrador, ser la 'rata' que roba o el pendejo que se 'apega'.
A empujar el coche
Llegar a tu destino nunca será seguro. Las maniobras y salvajadas del chofer te mantendrán en vilo lo que dure el ‘paseíto’; subirás a la montaña rusa peruana con los cinturones desabrochados, y si la línea en la que viajas tiene competencia, llegarás sorpresivamente temprano a donde sea.
Caso contrario, te montarás sobre una tortuga a punto de jubilarse, serás víctima del trío: chofer-cobrador-datero; cómplices en la suma de los 10 céntimos y te darás cuenta que tu tiempo dependerá del tiempo que se tomen para igualarse en rapidez o lentitud entre los adversarios de una misma línea.
El recorrido del viaje será el doble y descubrirás día a día que eres más observador o indiferente. Te cansarás de las mentadas de madre, propias o ajenas, de los vendedores ambulantes y toda su gama marquetera: los minusválidos, los desempleados, los padres, los ex presidiarios. ¡Los mentirosos!
Ni qué decir de los escarabajos voladores que tenemos por ‘combis’ o su primos hermanos, las ‘cústers’; si tienes mala suerte pagas un pasaje para el “más allá”, y si viajas con 'estrella', a lo mucho, te roban sutilmente. El premio consuelo, bajar pisoteado, con la ropa estrujada o sin alguna prenda.
Bajo en la esquina
El viajar apretado acapara la visión, lo tapa todo. En esos casos, agudizamos el oído como los ciegos, y si el volumen del reggaetón lo permite, empujarse y gritar: !!!bajooo en la esquinaaa!!!
En la próxima, por favor. En la esquina a la izquierda, a mitad de cuadra, en el segundo rompe muelle, en plena pista. Lo importante es salir ileso. Pagar S/. 1.00 sol o sus derivados, o incluso no pagar, porque se les olvidó cobrar y se te olvidó recordárselos.
Las líneas de siempre
Yo también tengo mi esquina de siempre, mis rutas y micros. Naranja, celeste, verde. A la Covida la espero desde la época del colegio; a Los Laureles, desde hace un quinquenio; la 20 aún la veo desde mi ventana. Intenerante, a las combis de Javier Prado, y en el recuerdo, queda la 41 que en hora y media me llevó a conocer Puente Piedra; esa ruta al norte que parecía llevarme al interior del país.
La vida del transporte público limeño, que en realidad, es particular, no tiene fecha de caducidad. Le gusta reciclarse y seguir machacándonos. No obstante, a veces nos sonríe con alguna gracia interna, donde el conductor y el chofer se endulzan en el camino con una gelatina en bolsa o donde la educación no ha desaparecido del todo cuando uno de nosotros cedemos un asiento que dice siempre: Reservado.
Si tuviese que humanizar este tipo de transporte diría que son furiosas especies en extinsión que no se resignan a desconectarse del aire contaminado de sí mismos.
martes 13 de mayo de 2008
Carta a mamá
Madre, porque el papel virtual también aguanta todo
Empezaré y terminaré diciendo que te amo, que el rito del perdón no lo haré público, que nuestra relación es una ‘no relación’: nos entendemos y desentendemos como los enamorados. Unas veces nos buscamos, salimos a pasear (a comprar, en realidad), a tomar algo, tú un café, yo, la bebida menos cargada y dulce posible; comemos, caminamos, y de vuelta a casa.
Debe ser difícil ser mi madre, lo sé. Pero en esos días simples donde me acurruco a ti, como lo hace nuestro amado Balín, preferimos -nuevamente- la calle, porque ella nos congrega y emancipa, porque en ella corre el aire necesario que nos oxigena de nosotras mismas.
Mami
Lo más anecdótico, es que pese a las marcadas diferencias, llevo tatuado en mí, mucho de ti. Eres la ametralladora que habla sin liquidar, seda y piedra, la amiga incondicional, ¡La madre de todos! A veces me sorprende ver en tus enormes ojos la calma y ferocidad que solo el mar reproduce con una perfecta dualidad.
Mami, ignoremos mis días de luto y mutismo, que en realidad soy tan fiesta como tú: disparatada, olvidadiza, casi torpe. Yo que le temo a la vejez, sinónimo de marcas imborrables y más olvido, te digo que no dejes de lado tus cremas que tan vanidosamente te compro. No dejes, ante todo, de reírle tan coqueta a la vida, pues es una lección que aún tengo que aprender.
Pochita -en diminutivo- como te llama Romy ¡!!No llores cuando me leas!!! Nooo, que eso significa una raya más en tu transparente rostro. Ni trates de retenerme, pues soy un vaivén; en vez de desbordarnos de nostalgia traspásame con tu luz como un contundente rayo de sol. Mamá, te obsequio, además, mi locura al amanecer y mis balbuceos noctámbulos.
El privilegio de tenerte
Vivir acelerados o, simplemente, no querer marcar siquiera 1km. por hora, es el gran bache por zanjar en las relaciones de muchas madres e hijos. De tus tres hijas soy la ‘cocker’ negro, quien se deshoja en todas las estaciones y muchas veces te ignora por no querer verse más. Es como si jugáramos a las escondidas en un único espacio.
Pero he de decir que te tengo y te veo más de lo imaginable, que me siento agradecida por tu presencia, tiempo y constancia; por tu terquedad, yerros y escapatorias. Voy entendiendo que no solo los hijos pierden a sus madres como parte de la naturaleza, y yo no quiero perderte de forma voluntaria, quiero seguir topándome contigo en nuestra casita de fósforos.
Así estemos a corta o a larga distancia, Kitty, Romy y yo, las tres mujercitas mosqueteras, nos depositamos mutuamente. Mamá, tal vez nuestra relación siga siendo un concreto signo de contradicción, sin embargo me alegra seguir siendo tu hija pródiga.
Posdata: te amo.
Empezaré y terminaré diciendo que te amo, que el rito del perdón no lo haré público, que nuestra relación es una ‘no relación’: nos entendemos y desentendemos como los enamorados. Unas veces nos buscamos, salimos a pasear (a comprar, en realidad), a tomar algo, tú un café, yo, la bebida menos cargada y dulce posible; comemos, caminamos, y de vuelta a casa.
Debe ser difícil ser mi madre, lo sé. Pero en esos días simples donde me acurruco a ti, como lo hace nuestro amado Balín, preferimos -nuevamente- la calle, porque ella nos congrega y emancipa, porque en ella corre el aire necesario que nos oxigena de nosotras mismas.
Mami
Lo más anecdótico, es que pese a las marcadas diferencias, llevo tatuado en mí, mucho de ti. Eres la ametralladora que habla sin liquidar, seda y piedra, la amiga incondicional, ¡La madre de todos! A veces me sorprende ver en tus enormes ojos la calma y ferocidad que solo el mar reproduce con una perfecta dualidad.
Mami, ignoremos mis días de luto y mutismo, que en realidad soy tan fiesta como tú: disparatada, olvidadiza, casi torpe. Yo que le temo a la vejez, sinónimo de marcas imborrables y más olvido, te digo que no dejes de lado tus cremas que tan vanidosamente te compro. No dejes, ante todo, de reírle tan coqueta a la vida, pues es una lección que aún tengo que aprender.
Pochita -en diminutivo- como te llama Romy ¡!!No llores cuando me leas!!! Nooo, que eso significa una raya más en tu transparente rostro. Ni trates de retenerme, pues soy un vaivén; en vez de desbordarnos de nostalgia traspásame con tu luz como un contundente rayo de sol. Mamá, te obsequio, además, mi locura al amanecer y mis balbuceos noctámbulos.
El privilegio de tenerte
Vivir acelerados o, simplemente, no querer marcar siquiera 1km. por hora, es el gran bache por zanjar en las relaciones de muchas madres e hijos. De tus tres hijas soy la ‘cocker’ negro, quien se deshoja en todas las estaciones y muchas veces te ignora por no querer verse más. Es como si jugáramos a las escondidas en un único espacio.
Pero he de decir que te tengo y te veo más de lo imaginable, que me siento agradecida por tu presencia, tiempo y constancia; por tu terquedad, yerros y escapatorias. Voy entendiendo que no solo los hijos pierden a sus madres como parte de la naturaleza, y yo no quiero perderte de forma voluntaria, quiero seguir topándome contigo en nuestra casita de fósforos.
Así estemos a corta o a larga distancia, Kitty, Romy y yo, las tres mujercitas mosqueteras, nos depositamos mutuamente. Mamá, tal vez nuestra relación siga siendo un concreto signo de contradicción, sin embargo me alegra seguir siendo tu hija pródiga.
Posdata: te amo.
lunes 5 de mayo de 2008
En mis zapatos
Para ser puntuales en todo, hay que dejar de ser impuntuales en todo
En mi primera semana de trabajo llegué tarde dos veces, pese a las picadas que me metí para alargar el paso. Creo que ni el ‘Correcaminos’ podría llegar a tiempo, menos, si lleva puestos unos relucientes y resbaladizos zapatos dorados. Lo cierto es que la ‘tolerancia cero’ me está dejando sin suelas y sin excusas ni argumentos a mi favor.
¿Será que la puntualidad es un valor que se aprende suavemente o a trancazos?, ¿o se hereda de la estirpe familiar y social? Mejor reconocer que tengo pies de plomo, no uso reloj, aún adivino la hora con manecillas: ¡No me gustan los inventos que midan nuestro tiempo!
Desconozco el motivo de mi letargo, porque aunque suelo viajar ligera, siempre retraso mi salida, y dependiendo del destino, en casa soy un ocho. Quizá sea el hipersomino, pero sobre todo, la ‘flojeritis aguditis’. Lo importante es que trato de combatir este vicio que muchas veces me ha dejado en la misma calle.
La hora peruana
La impuntualidad no obedece a las avenidas cerradas y despanzurradas listas para una cirugía estética, ni al tráfico, como consecuencia de esta violenta intervención. Este mal hábito habita entre nosotros como un hijo adoptado por todos.
Para el peruano pareciera que el reloj nunca marca la hora exacta. Nos demoramos antes de embarcarnos, el micro se nos pasa, el auto se malogra -pero la verdad- nos encanta ir lentos y, como el ciempiés, que de seguro no sabe a dónde ir primero. Sueltos en plaza, no seguimos ningún compás ni norma de seguridad. Muchas veces corremos a carro o a pie. Llegar temprano implica atropellar, tropezarse, caerse y volver a correr.
Ante esta ruborosa realidad, la inmaculada y silenciosa puntualidad de los extranjeros, nos hace gritar más; irónicamente nuestras tardanzas vociferan a pulmón contaminado por el esmog y la vergüenza. El hecho es que para la mayoría de turistas que visitan el Perú, el ser impuntuales es como no asistir a una cita. Es un plantón con roche. Una cachetada de ida y vuelta.
Minutos y segundos
Nunca es tarde para llegar temprano. Me sirvió amedrentarme con descuentos indeseados, ‘memos’, la carajeada de algún amigo o la idea de no ver a mi chico esperarme con toda la paciencia que el amor otorga.
Ya han pasado dos meses de aquellas tardanzas, puse orden en casa, acorté mis sueños, preveo más, bostezo menos. Y hasta ahora me mantengo, literalmente, intachable, no doy cabida a la odiosa mano negra que pueda ponerme falta. Eso sí, lo único invariable es mi divertida condición de observadora, esta vez, de las tardanzas del resto. Debería hacerme fan de “yo también me río cuando alguien se cae”.
Colofón: Se puede llegar a tiempo sin tener que taconear. Sin levantar polvo y despertar los ecos del mal.
En mi primera semana de trabajo llegué tarde dos veces, pese a las picadas que me metí para alargar el paso. Creo que ni el ‘Correcaminos’ podría llegar a tiempo, menos, si lleva puestos unos relucientes y resbaladizos zapatos dorados. Lo cierto es que la ‘tolerancia cero’ me está dejando sin suelas y sin excusas ni argumentos a mi favor.
¿Será que la puntualidad es un valor que se aprende suavemente o a trancazos?, ¿o se hereda de la estirpe familiar y social? Mejor reconocer que tengo pies de plomo, no uso reloj, aún adivino la hora con manecillas: ¡No me gustan los inventos que midan nuestro tiempo!
Desconozco el motivo de mi letargo, porque aunque suelo viajar ligera, siempre retraso mi salida, y dependiendo del destino, en casa soy un ocho. Quizá sea el hipersomino, pero sobre todo, la ‘flojeritis aguditis’. Lo importante es que trato de combatir este vicio que muchas veces me ha dejado en la misma calle.
La hora peruana
La impuntualidad no obedece a las avenidas cerradas y despanzurradas listas para una cirugía estética, ni al tráfico, como consecuencia de esta violenta intervención. Este mal hábito habita entre nosotros como un hijo adoptado por todos.
Para el peruano pareciera que el reloj nunca marca la hora exacta. Nos demoramos antes de embarcarnos, el micro se nos pasa, el auto se malogra -pero la verdad- nos encanta ir lentos y, como el ciempiés, que de seguro no sabe a dónde ir primero. Sueltos en plaza, no seguimos ningún compás ni norma de seguridad. Muchas veces corremos a carro o a pie. Llegar temprano implica atropellar, tropezarse, caerse y volver a correr.
Ante esta ruborosa realidad, la inmaculada y silenciosa puntualidad de los extranjeros, nos hace gritar más; irónicamente nuestras tardanzas vociferan a pulmón contaminado por el esmog y la vergüenza. El hecho es que para la mayoría de turistas que visitan el Perú, el ser impuntuales es como no asistir a una cita. Es un plantón con roche. Una cachetada de ida y vuelta.
Minutos y segundos
Nunca es tarde para llegar temprano. Me sirvió amedrentarme con descuentos indeseados, ‘memos’, la carajeada de algún amigo o la idea de no ver a mi chico esperarme con toda la paciencia que el amor otorga.
Ya han pasado dos meses de aquellas tardanzas, puse orden en casa, acorté mis sueños, preveo más, bostezo menos. Y hasta ahora me mantengo, literalmente, intachable, no doy cabida a la odiosa mano negra que pueda ponerme falta. Eso sí, lo único invariable es mi divertida condición de observadora, esta vez, de las tardanzas del resto. Debería hacerme fan de “yo también me río cuando alguien se cae”.
Colofón: Se puede llegar a tiempo sin tener que taconear. Sin levantar polvo y despertar los ecos del mal.
lunes 28 de abril de 2008
Los amores que perdí
En mi cuarto de hora de soledad vale la pena un buen recuerdo de lo que nunca llegó a ser
Hace poco me topé con un ex, nada más ni nada menos, que en el nuevo barrio virtual: el Messenger. Nuestro ‘reencuentro’ fue algo torpe, pero gracioso: ¿quién eres?, ¿Ana, dices?, ¿de Lince?, escribía él. ”Viví allí hasta que me mudé”(…). En realidad lo mudaron, pues a los 13 uno no tiene voz, ni voto, menos plata.
“Carlos…hummm. Nada”, contestaba yo. Y así empezó el diálogo. Hasta que le dije, por casa me conocen como Mily, bla (al cuadrado), ¡¡¡ahhh, Miiiilyyy!!! “Quiero verte”, tecleó en seguida; pero mejor por acá, pensé. Esto último lo corroboro, después de haber chateado en otras ocasiones, pienso que es mejor tener a ciertos ex a la distancia, muchísima. A veces no vale la pena acortar la cuerda.
C + M.- Teníamos, efectivamente, 13 años. Éramos vecinos y amigos de la famosa “Unidad Chica”. Para entonces, como todo niño explorador, andábamos en dos bandos: las chicas y los chicos. Cada uno en su esquina; ellos con sus skates, nosotras en bicicleta. Pero a la hora de querernos encontrar teníamos puntos en común: el parque, los edificios, las casas, el cine. La entrañable banca.
Después de que Carlos dejó Lince, crecimos. Entre nosotros pasaron algunos años para volvernos a ver. Y aunque teníamos a Jorge, un amigo en común, su partner, y mi primera ilusión de infante, no mantuvimos contacto.
Su partida dejó el recuerdo de la niñez, el primer flirteo, llamadas telefónicas - con musiquita de Vico C -. Por mi parte, le dejé una carta que parecía presagiar el temprano ejercicio de la escritura, el romanticismo y los adioses.
Lo curioso es que cuando nos reencontramos accidentamente, la primera vez, el escenario fue -de nuevo- la Unidad... Era cumpleaños de Franz, otro amigo. Carlos lucía demasiado flaco para mi gusto, tenía acné (o las secuelas), cabellera medio larga y chiva. La sorpresa de su visita la recibimos en ‘mancha’, ya que solo Jorgito le había seguido el rastro. De seguro por haber sido, hace unos años, la pareja inseparable de 'Comando Especial'.
En esa oportunidad, como se lo recordé en el msn, nos fuimos a conversar y me di cuenta de que ya no era tímido; ¿te puedo besar?, preguntó. No hubo tal beso, al contrario, lo chicos, que ya estaban bastante grandes, salieron de la reunión a buscarme. Estábamos sentados en la acera. En una esquina que nos era familiar.
El encuentro número dos se dio en casa de un vecino. En plena clase de velas decorativas llegó Carlos, casi igualito a la última vez. Me despedí de ambos inmediatamente.
En la actualidad, quedamos repetidas veces en vernos ‘de verdad’ y conversar ‘de verdad’. A veces me comenta su vida como padre y esposo, “no me va mal, no me va bien”, tipea mientras nos vemos en la web cam, y mientras escondo un poco una nostalgia alegre.
Eras una niña simpática y dulce que usaba licras; quiero que sepas que sí fui a nuestra cita del parque, pero preferí observarte desde la esquina y evitar los fastidios del resto, me dijo. Send. Reímos y cerramos, una vez más, nuestras ventanas.
A – A.- Teníamos 23, creo. Este amor de grandes resultó algo auténtico y necesario. Aparecimos para ser refugio y alivio, confusión y frustración. A, dentro de unas semanas cumplo 27 y tu recuerdo es la imagen fugaz de un tiempo compartido.
En estos últimos años nos ‘dejamos’ y ‘no nos dejamos’. No somos amor, ni amigos, pero nuestra existencia será plena sabiéndonos cada quien en marcha de su propia felicidad. (A) me conoció como Ana, dejémoslo así.
=.- La diferencia no la representa la edad ni la experiencia. De C me enamoré de niña, a A lo amé como niña siendo mujer. Y en el intermedio de estos dos actos naufragué en una sopa de letras.
Lo imposible no se da por un hecho en concreto, es una libre decisión. Si no hay coincidencia presente, la vida no se detiene ni un día; siempre existe la posibilidad de reencontrarse con un pasado desde otras perspectivas. Mientras tanto, es preferible optar por el efecto benigno de la distancia, así la persona esté a la vuelta de la esquina o atravesando el océano.
Hace poco me topé con un ex, nada más ni nada menos, que en el nuevo barrio virtual: el Messenger. Nuestro ‘reencuentro’ fue algo torpe, pero gracioso: ¿quién eres?, ¿Ana, dices?, ¿de Lince?, escribía él. ”Viví allí hasta que me mudé”(…). En realidad lo mudaron, pues a los 13 uno no tiene voz, ni voto, menos plata.
“Carlos…hummm. Nada”, contestaba yo. Y así empezó el diálogo. Hasta que le dije, por casa me conocen como Mily, bla (al cuadrado), ¡¡¡ahhh, Miiiilyyy!!! “Quiero verte”, tecleó en seguida; pero mejor por acá, pensé. Esto último lo corroboro, después de haber chateado en otras ocasiones, pienso que es mejor tener a ciertos ex a la distancia, muchísima. A veces no vale la pena acortar la cuerda.
C + M.- Teníamos, efectivamente, 13 años. Éramos vecinos y amigos de la famosa “Unidad Chica”. Para entonces, como todo niño explorador, andábamos en dos bandos: las chicas y los chicos. Cada uno en su esquina; ellos con sus skates, nosotras en bicicleta. Pero a la hora de querernos encontrar teníamos puntos en común: el parque, los edificios, las casas, el cine. La entrañable banca.
Después de que Carlos dejó Lince, crecimos. Entre nosotros pasaron algunos años para volvernos a ver. Y aunque teníamos a Jorge, un amigo en común, su partner, y mi primera ilusión de infante, no mantuvimos contacto.
Su partida dejó el recuerdo de la niñez, el primer flirteo, llamadas telefónicas - con musiquita de Vico C -. Por mi parte, le dejé una carta que parecía presagiar el temprano ejercicio de la escritura, el romanticismo y los adioses.
Lo curioso es que cuando nos reencontramos accidentamente, la primera vez, el escenario fue -de nuevo- la Unidad... Era cumpleaños de Franz, otro amigo. Carlos lucía demasiado flaco para mi gusto, tenía acné (o las secuelas), cabellera medio larga y chiva. La sorpresa de su visita la recibimos en ‘mancha’, ya que solo Jorgito le había seguido el rastro. De seguro por haber sido, hace unos años, la pareja inseparable de 'Comando Especial'.
En esa oportunidad, como se lo recordé en el msn, nos fuimos a conversar y me di cuenta de que ya no era tímido; ¿te puedo besar?, preguntó. No hubo tal beso, al contrario, lo chicos, que ya estaban bastante grandes, salieron de la reunión a buscarme. Estábamos sentados en la acera. En una esquina que nos era familiar.
El encuentro número dos se dio en casa de un vecino. En plena clase de velas decorativas llegó Carlos, casi igualito a la última vez. Me despedí de ambos inmediatamente.
En la actualidad, quedamos repetidas veces en vernos ‘de verdad’ y conversar ‘de verdad’. A veces me comenta su vida como padre y esposo, “no me va mal, no me va bien”, tipea mientras nos vemos en la web cam, y mientras escondo un poco una nostalgia alegre.
Eras una niña simpática y dulce que usaba licras; quiero que sepas que sí fui a nuestra cita del parque, pero preferí observarte desde la esquina y evitar los fastidios del resto, me dijo. Send. Reímos y cerramos, una vez más, nuestras ventanas.
A – A.- Teníamos 23, creo. Este amor de grandes resultó algo auténtico y necesario. Aparecimos para ser refugio y alivio, confusión y frustración. A, dentro de unas semanas cumplo 27 y tu recuerdo es la imagen fugaz de un tiempo compartido.
En estos últimos años nos ‘dejamos’ y ‘no nos dejamos’. No somos amor, ni amigos, pero nuestra existencia será plena sabiéndonos cada quien en marcha de su propia felicidad. (A) me conoció como Ana, dejémoslo así.
=.- La diferencia no la representa la edad ni la experiencia. De C me enamoré de niña, a A lo amé como niña siendo mujer. Y en el intermedio de estos dos actos naufragué en una sopa de letras.
Lo imposible no se da por un hecho en concreto, es una libre decisión. Si no hay coincidencia presente, la vida no se detiene ni un día; siempre existe la posibilidad de reencontrarse con un pasado desde otras perspectivas. Mientras tanto, es preferible optar por el efecto benigno de la distancia, así la persona esté a la vuelta de la esquina o atravesando el océano.
sábado 19 de abril de 2008
Ensayo sobre el dolor
O una retrospectiva del sufrimiento físico, sensible, y hasta invisible
A todos en algún momento nos ha dolido algo. Desde pequeños, a la par que reímos, ¡ay!, lloramos. Con el primer paso siempre viene la primera caída. De grandes, ese tipo de dolor, se atenúa. De grandes, el dolor del cuerpo ya no es suficiente.
El dolor es consecuencia de una carencia, mutilación, de un hurto o una pérdida. Sufren los enfermos, los pobres, los ‘mala suerte’, y hasta los ricos, porque los ricos también lloran. A los niños no solo les duele el golpe, les duele la orfandad; a los adultos, nos duele el ego y lo irreversible.
Soy periodista de profesión, pero mi mejor hobby, aparte de escribir y tomar fotos, es la de ser equilibrista. Veamos por qué.
Me dolió...
De niña el primer golpe me lo dio mi hermana mayor, que aunque con gustos distintos, sabíamos ser amigas y también rivales a la hora del ring. De púber -la edad del ‘patito feo’-, los dolores de espalda me acompañaron, por un buen tiempo, como reflejo del asma.
En el colegio, una amiga se fue a los 16; en casa, ya había partido el abuelo. Años más tarde, se iría la abuelita. Ya en la universidad sufrí, más bien, dolores de cabeza. En un periodo de mi vida fui Raquel, por su extrema ala sensible; Jenny, con el descubrimiento de su otro yo; Claudia, y la tristeza del rechazo. Fui Álex, Iván y Beto, porque a los hombres también se les lanza al vacío.
Y en ese transcurrir, se marcharon algunas amistades, desapareció algún amor. Por lo demás, es casi historia contemporánea. Sin embargo, esta reseña me recuerda que el dolor no siempre es individual. Por suerte, sufrir en grupo, a veces, resulta risible.
El nacimiento
Nos alimentamos del dolor, al igual que de la felicidad, por un mismo cordón umbilical. Luego lo percibimos sensorialmente para convertirse en un sentimiento pleno, momentáneo, profundo, sangrante.
En el sentido físico hablar del dolor es remitirse a una queja inmediata. En lo figurado, la inventamos. Nos hacemos los dolientes para no ir al colegio, para faltar al trabajo, o lo patéticamente factible: enfermarnos las mentes hasta que el dolor duela de verdad. Hay quienes les encanta los sufrimientos ‘inteligentes’, ¿no?
La muerte
Ante este hecho, el dolor es otro hecho, y contundente. Con o sin antesala, te aplasta los sentidos y sentimientos hasta instaurarse en tu cabeza y espíritu. Y el dolor ya no solo es biológico porque cuando alguien nos deja aprendemos a morir por completo.
Te lo aseguro, te enfermarás sin fingir o exagerar; sin derecho a vacaciones. Seguirás estudiando o trabajando, y te dolerá hasta lo más invisible de tu ser. Allí te darás cuenta que el dolor cruzó la pista.
Vivir por segunda vez
A la fecha, no he experimentado toda la tipología del dolor, pero aprendí que después del vértigo, aterrizas en tierra firme. Decides si lanzarte precipitadamente al carajo o pasar por la experiencia del dolor y saber que con un poco de equilibrio y algunas palabras corajudas, el panorama es más amplio y redentor.
Aprenderás. El dolor tiene una etapa evolutiva y finita. Un buen malabarista llegará al otro lado de la cuerda por más que esta tiemble y se tense. Eso dependerá de los ensayos, de las caídas en la red; dependerá –finalmente- de un buen ensayo del dolor.
A todos en algún momento nos ha dolido algo. Desde pequeños, a la par que reímos, ¡ay!, lloramos. Con el primer paso siempre viene la primera caída. De grandes, ese tipo de dolor, se atenúa. De grandes, el dolor del cuerpo ya no es suficiente.
El dolor es consecuencia de una carencia, mutilación, de un hurto o una pérdida. Sufren los enfermos, los pobres, los ‘mala suerte’, y hasta los ricos, porque los ricos también lloran. A los niños no solo les duele el golpe, les duele la orfandad; a los adultos, nos duele el ego y lo irreversible.
Soy periodista de profesión, pero mi mejor hobby, aparte de escribir y tomar fotos, es la de ser equilibrista. Veamos por qué.
Me dolió...
De niña el primer golpe me lo dio mi hermana mayor, que aunque con gustos distintos, sabíamos ser amigas y también rivales a la hora del ring. De púber -la edad del ‘patito feo’-, los dolores de espalda me acompañaron, por un buen tiempo, como reflejo del asma.
En el colegio, una amiga se fue a los 16; en casa, ya había partido el abuelo. Años más tarde, se iría la abuelita. Ya en la universidad sufrí, más bien, dolores de cabeza. En un periodo de mi vida fui Raquel, por su extrema ala sensible; Jenny, con el descubrimiento de su otro yo; Claudia, y la tristeza del rechazo. Fui Álex, Iván y Beto, porque a los hombres también se les lanza al vacío.
Y en ese transcurrir, se marcharon algunas amistades, desapareció algún amor. Por lo demás, es casi historia contemporánea. Sin embargo, esta reseña me recuerda que el dolor no siempre es individual. Por suerte, sufrir en grupo, a veces, resulta risible.
El nacimiento
Nos alimentamos del dolor, al igual que de la felicidad, por un mismo cordón umbilical. Luego lo percibimos sensorialmente para convertirse en un sentimiento pleno, momentáneo, profundo, sangrante.
En el sentido físico hablar del dolor es remitirse a una queja inmediata. En lo figurado, la inventamos. Nos hacemos los dolientes para no ir al colegio, para faltar al trabajo, o lo patéticamente factible: enfermarnos las mentes hasta que el dolor duela de verdad. Hay quienes les encanta los sufrimientos ‘inteligentes’, ¿no?
La muerte
Ante este hecho, el dolor es otro hecho, y contundente. Con o sin antesala, te aplasta los sentidos y sentimientos hasta instaurarse en tu cabeza y espíritu. Y el dolor ya no solo es biológico porque cuando alguien nos deja aprendemos a morir por completo.
Te lo aseguro, te enfermarás sin fingir o exagerar; sin derecho a vacaciones. Seguirás estudiando o trabajando, y te dolerá hasta lo más invisible de tu ser. Allí te darás cuenta que el dolor cruzó la pista.
Vivir por segunda vez
A la fecha, no he experimentado toda la tipología del dolor, pero aprendí que después del vértigo, aterrizas en tierra firme. Decides si lanzarte precipitadamente al carajo o pasar por la experiencia del dolor y saber que con un poco de equilibrio y algunas palabras corajudas, el panorama es más amplio y redentor.
Aprenderás. El dolor tiene una etapa evolutiva y finita. Un buen malabarista llegará al otro lado de la cuerda por más que esta tiemble y se tense. Eso dependerá de los ensayos, de las caídas en la red; dependerá –finalmente- de un buen ensayo del dolor.
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